Cuando la oscuridad se cierne sobre las calles, caminar entre las sombras resulta abrumador.
Cada paso que se da, cada
respiración que la acompaña parece cada vez más y más pesada. Presiona el pecho
hasta sentir las costillas crujir bajo su peso.
Los árboles se acercan poco a poco,
dejando sus hojas caer para hacerte sentir acorralada. Por todas partes, en
cualquier rincón, ahí dejan su sonido como marca de que no estás sola. De que
nunca lo has estado.
El viento decide atravesar tu pelo,
como si unas manos estuviesen acariciándolo. Te susurra en el oído, haciendo
que toda tu piel se estremezca. Te abraza, encarcelándote en una sensación que
ya conocías.
Toda tu mente está centrada en avanzar,
pero tu cuerpo es incapaz. Te sientes paralizada, atrapada en un lugar que no
está cercado con vallas. Un lugar que tantas otras personas frecuentan, pero en
el que ninguna llega a conocerse. Un lugar maldito que hace que cualquier
infierno resulte acogedor.
Y es que nuestro corazón se encoge
al llegar ahí. Siniestro, tétrico, desolador. No hay muchas cosas que te puedan
salvar una vez llegas.
Pero quizás haya una solución:
dejarse engullir y desaparecer dentro de ese monstruo.

