Una oscuridad creciente se sumía
sobre sí misma. Las pocas velas se iban desintegrando poco a poco. ¿Cuánto
tiempo llevaría allí? Todo era relativo. Sus pensamientos no le permitían
escuchar el correr del reloj. Eran pensamientos calmados, tranquilos,
infinitos. No pretendían atormentar su alma, sino todo lo contrario.
Su voz interior le
pedía paz.
Acariciaba su tez a la par que
recordaba la sensación del frío erizándole la piel. Sin embargo, se encontraba
sumergida en el más profundo infierno. No porque estuviera pasándolo mal, sino
porque había conocido los mayores pecados y se había codeado con los cuerpos
más ardientes.
Su cuerpo buscaba el
frío.
Por un momento, entre el maremoto
intangible de sensaciones, un pesado silencio perpetró sus oídos, empujándola
hacia abajo, empujando para que se ahogara. Bajo la presión de todos esos
litros, su pecho oprimía cada vez más su corazón, encogiéndolo como si un puño
hubiera decidido romper una pared de un cabezazo.
Sus latidos la
mataban.
Pero a ella le daba igual.
Continuaba sumergida, omitiendo pensamientos, omitiendo sensaciones. Tan solo
se dejaba llevar por la presión, por los latidos, por la piel erizada… por los
recuerdos… por las sonrisas marcadas a fuego. Todo aquello pertenecía a su
alma, era inseparable, imparable, inamovible.
Sus ojos se abrieron.
En tan solo un instante, pudo ver
todo lo que se encontraba alrededor de ella: todas las velas habían perecido,
el sonido del reloj se había detenido por completo, su cuerpo ya no sentía ni
frío ni calor, su pecho ya no sentía presión, sus oídos ya no escuchaban sus
latidos… Tal vez debió salir a coger una bocanada de aire antes.
Ahora era un cúmulo
de sensaciones muertas.

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