lunes, 9 de marzo de 2015

Asifixia.

Una oscuridad creciente se sumía sobre sí misma. Las pocas velas se iban desintegrando poco a poco. ¿Cuánto tiempo llevaría allí? Todo era relativo. Sus pensamientos no le permitían escuchar el correr del reloj. Eran pensamientos calmados, tranquilos, infinitos. No pretendían atormentar su alma, sino todo lo contrario.

Su voz interior le pedía paz.

Acariciaba su tez a la par que recordaba la sensación del frío erizándole la piel. Sin embargo, se encontraba sumergida en el más profundo infierno. No porque estuviera pasándolo mal, sino porque había conocido los mayores pecados y se había codeado con los cuerpos más ardientes.

Su cuerpo buscaba el frío.

Por un momento, entre el maremoto intangible de sensaciones, un pesado silencio perpetró sus oídos, empujándola hacia abajo, empujando para que se ahogara. Bajo la presión de todos esos litros, su pecho oprimía cada vez más su corazón, encogiéndolo como si un puño hubiera decidido romper una pared de un cabezazo.

Sus latidos la mataban.

Pero a ella le daba igual. Continuaba sumergida, omitiendo pensamientos, omitiendo sensaciones. Tan solo se dejaba llevar por la presión, por los latidos, por la piel erizada… por los recuerdos… por las sonrisas marcadas a fuego. Todo aquello pertenecía a su alma, era inseparable, imparable, inamovible.
Sus ojos se abrieron.

En tan solo un instante, pudo ver todo lo que se encontraba alrededor de ella: todas las velas habían perecido, el sonido del reloj se había detenido por completo, su cuerpo ya no sentía ni frío ni calor, su pecho ya no sentía presión, sus oídos ya no escuchaban sus latidos… Tal vez debió salir a coger una bocanada de aire antes.

Ahora era un cúmulo de sensaciones muertas.


No hay comentarios:

Publicar un comentario